martes, febrero 21, 2006

El nene es inteligente.... inteligente?

Cada día, cuando voy a trabajar, paso por delante de un negocio de animales. Es un lugar donde se venden además todo tipo de productos y un veterinario cura al gato o perro que se encuentra enfermo. Cada vez que paso por delante, tengo la tentación, a la que suelo sucumbir casi siempre, de pararme frente a su vidriera. Sólo hasta ahora podían conseguir ese efecto los negocios de informática, las librerías y, en menor medida, las rotiserias.

La razón por la que no puedo dejar de mirar se halla en la base de la estantería. Una jaula de cristal de metro y medio por un metro y medio metro de altura, aproximadamente. En dicha jaula, llena de tiras de papeles, se encuentran dos pequeños platitos de plástico amarillo, uno lleno de agua, y el otro de algún tipo de alimento para animales. El alimento varía, como podrán suponer, en función del inquilino que ocupa dicha jaula. O quizás debería decir inquilinos, ya que a veces son varios. No depende del tamaño de cada uno de ellos. Los chiquitos disponen de espacio, los no tan pequeños pueden llegar a sentirse como en el subte A a hora pico un viernes a las 6 de la tarde.

En el negocio, un gran cartel anuncia la venta de todo tipo de reptiles, pero perros, gatos, y hámsteres, son los más habituales, quizás los únicos que he visto. Cada uno de ellos se comporta en la jaula según sus características de comportamiento. Es de suponer que los ratones son más bien tranquilos, sosegados, y se dedican a dormitar y comer, en una actitud bastante contemplativa. Los gatos juegan entre ellos, moviendo sus patitas alrededor de cualquier papelito, o, como en una ocasión, sobre una mosca a la que pretendían atrapar. Pero desde luego, los perros se han mostrado siempre los más sagaces e inteligentes, mirando con atención a su alrededor, atendiendo a mis llamados y probablemente a mi descomunal y desgarbado tamaño, y saltando entre ellos muchas veces hasta caer agotados. También observan todo cuanto sucede a su alrededor, en una clara demostración de superioridad intelectual.

Niveles de inteligencia.

Bueno, no quisiera dejar al sufrido lector que el párrafo anterior le lleve a engaño; en realidad, no estoy muy de acuerdo con lo escrito, me he limitado a seguir la pauta de pensamiento que solemos otorgar a los animales, o lo correcto, lo que dicta el “sentido común”. Normalmente, tendemos a creer que la inteligencia de un perro es superior a la de un gato, y la de éste superior a la de un hámster. Es cierto que la estructura del neocórtex del cerebro, la famosa zona gris que envuelve las funciones cerebrales superiores de los mamíferos, es claramente superior en un gato que en un hámster. El número de circunvoluciones, es decir, los vistosos dobleces del cerebro que se pueden observar a simple vista como si de nudos se tratasen, son mayores y más complejos en función del desarrollo evolutivo del mamífero. Muchos biólogos ven en ello un ejemplo de por qué el hombre es más inteligente que un mono…..?

Pero no es suficiente. El cerebro del delfín tiene más circunvoluciones que el del hombre. ¿Es por tanto el delfín más inteligente? Parece ser que no, a juzgar por los hechos, aquí parecerían contar los dobleces del intestino delgado del hombre (si el chinchulín)... Al fin y al cabo, los delfines nadan, comen, se reproducen, pero no parece que dominen otros aspectos comúnmente relacionados con el intelecto. También es verdad que nunca, pero nunca, nadie les pudo preguntar si son felices así, o si necesitan solo eso para ser felices…. Francamente, yo no creo que respondan necedades.

Otro nivel de la inteligencia de un animal parece estar basado, no tanto en la complejidad de su cerebro, sino más bien en su volumen. De este modo, un elefante debería ser más inteligente que un hombre, y no digamos una ballena, con un cerebro manifiestamente superior en tamaño.

Existe otro parámetro, que es el denominado coeficiente masa-cerebro. Es algo tan sencillo como medir la proporción del peso del cerebro respecto a la del resto del cuerpo. Desde este punto de vista, está claro que la ballena tendrá una inteligencia muy inferior a la del ser humano. Simplemente, la proporción es netamente inferior. Pero entonces, perdón que me ponga reiterativo, ¿qué corno hacemos con el delfín? Porque en este animal, el coeficiente es superior al del hombre, y de nuevo tenemos asegurada su inferioridad intelectual según lo comentado.

Dando un nuevo giro de tuerca a todo lo dicho anteriormente, podríamos definir incluso el nivel de inteligencia entre seres humanos. A los racistas, por ejemplo, les encanta decir que los blancos son más inteligentes que los negros. También les gusta mucho a las clases acomodadas pensar en su superior inteligencia frente a la de los menos afortunados económicamente. Por eso tienen dinero: porque están más capacitados para ganarlo (o heredarlo). Este argumento ha sido incluso usado a comienzos de siglo con sutiles tintes pseudo científicos para explicar la distribución de los niveles económicos en la sociedad.

Los niveles de inteligencia son presuntamente cuantificables entre seres humanos a simple vista en los colegios. Siempre hay niños que son evidentemente más inteligentes que otros. A algunos se les vislumbra un prometedor futuro. En otros es muy claro que serán mediocres toda su vida, y otros se pasarán el tiempo realizando patéticos trabajos manuales. Es el orden en el universo, y no se puede cambiar. De hecho, a algunos chicos las matemáticas y la física les preocupa e interesa, mientras que otros sólo ven en el fútbol o el básquet su razón de ser.

El mito de la inteligencia.

De todo lo anterior se pueden obtener conclusiones. La primera, y más evidente, es que la inteligencia debe de ser un concepto más complejo de cuantificar de lo que comúnmente se ha venido creyendo. Las distintas ramas de la ciencia, principalmente biólogos, psicólogos y psiquiatras, llevan muchos años desarrollando teorías y sistemas para cuantificar la inteligencia. El primer problema se deriva de la pregunta: ¿qué es la inteligencia? Obviamente, si saber matemáticas es ser inteligente y ser buen futbolista no lo es, o si ser aficionado al ajedrez demuestra un alto nivel cultural mientras que el aficionado al fútbol es un ignorante, definir la inteligencia es algo muy sencillo. Todos los seres humanos tendemos a ver la inteligencia desde este punto de vista. Admiramos al campeón del mundo de ajedrez, o al insigne premio Nóbel, y vemos en un futbolista de élite un señor que se gana la vida dando patadas a una pelota de fútbol. Y nos sorprendemos de ver que éste gana cien o mil veces más que el premio Nóbel del año. En el colegio, las notas finales de los chicos y chicas definen claramente su inteligencia. Por debajo de cinco, no son inteligentes. Si han obtenido entre un cinco y un ocho son cada vez más aptos, y por encima del ocho, son maravillosos, estupendos. El que obtiene una matrícula de honor es digno de ser recordado como un ejemplo a seguir.

En definitiva, todos sabemos quién es inteligente y quien no. A menudo quien tiene buenas dotes matemáticas, quien sabe ganar dinero (sobre todo si además trabaja poco o nada, entonces es hiperinteligente), quien hace importantes descubrimientos, o quien posee una memoria fantástica que le permite recordar letra a letra un texto. ¿Que se puede deducir de ello?

Primero: la inteligencia, como tal, está siendo definida en base a argumentos de retención y manipulación de conceptos abstractos. Por lo tanto, conocer y manipular elementos que no son del entorno, sino conceptualizaciones de la realidad, o en un grado superior abstracciones puras como las matemáticas, dan un arquetipo de persona inteligente. Así, el matemático es inteligente, y el futbolista no lo es. El pintor o músico, que trabajan con elementos físicos, son menos inteligentes que el diseñador gráfico, que trabaja con sistemas informáticos. El cantante no tiene ninguna posibilidad frente al ingeniero de sonido que se encarga de la grabación del primero. El escritor es un pobre diablo frente al editor, que conoce cómo sacar el máximo provecho de las ventas de un artículo o libro con las menores ganancias posibles para el autor.

Segundo: la inteligencia debe ser cuantificada en función de los parámetros que se quieren medir, siempre sobre un mismo marco de referencia. Es inútil intentar dar una explicación absoluta del concepto de inteligencia, ya que existen diversos tipos de elementos que deben ser tenidos en cuenta, y que no son acumulables ni pueden en muchos casos combinarse. De alguna forma, es como vulgarmente se suele decir, intentar sumar peras con manzanas. Para definir un esquema de inteligencia, deben primero parametrizarse sobre qué base se van a cuantificar los elementos que darán base a ese nivel de inteligencia. Un ejemplo sería preguntarle a un joven guerrero negro criado en la selva africana sobre la teoría de la gravedad de Newton. Por supuesto, será completamente nulo en su respuesta. De la misma forma, un joven y prometedor estudiante de física en una universidad probablemente no tendrá idea de qué plantas permiten sanar heridas de guerra, o qué tipo de arco o lanza es más útil para el combate. Nadie puede decidir el nivel de inteligencia de ambos jóvenes en función de preguntas que sólo buscan un perfil determinado de inteligencia. Por eso, fallar en un test de inteligencia no demuestra nada. Además, si un estudiante de secundaria tiene grandes dotes con la física, mientras que otro es un experto en fútbol y conoce la historia del mismo con todos los detalles, ambos están demostrando la misma destreza intelectual y las mismas habilidades en el uso de la inteligencia.

Tercero: el marco de referencia puede, y debe, extenderse al reino animal. Y aquí quisiera retomar el planteamiento de la inferioridad del delfín con respecto al hombre. Se sabe que este animal dispone de un sofisticado sistema de comunicación, el que no pudo ser descifrado. Se sabe también que su sistema de aprendizaje no está basado en modelos de imitación del comportamiento, como ocurre en los monos, sino en sistemas de aprendizaje-error-corrección, como en los sistemas informáticos. De esta forma, el delfín aprende de sus errores, y se adapta a diferentes circunstancias sin tener una experiencia previa de la situación. Por supuesto, somos incapaces de entender el lenguaje de los delfines, pero esto no implica necesariamente que ese lenguaje sea simplemente un conjunto de señales definidas. Parece más bien que su esquema mental dista mucho de parecerse al nuestro. Al fin y al cabo, el único tipo de inteligencia que reconocemos como inteligente es el nuestro, porque es el que tenemos. Por lo tanto, permitir que todo aquello que no tenga una relación con ese modelo deje de ser inteligencia es bastante boludo de nuestra parte. Esto podría llevarnos a creer que somos la única especie inteligente de La Tierra. Por supuesto, si hemos de basarnos en aspectos como ciencia pura o aplicada, parece claro que así es efectivamente. Pero de nuevo estamos cayendo en el error de basarnos en un solo sistema de referencia. Un delfín no puede realizar operaciones matemáticas complejas, pero puede trazar rutas de recorrido por los mares siguiendo pautas solo arrojadas por algoritmos matemáticos (hay otra forma de entrarle a las matemáticas que la que conocemos ?) y muestra, signos de una inteligencia realmente sorprendente en muchos de sus comportamientos. Si los biólogos creen que la relación cerebro-masa corporal es importante para determinar la inteligencia, y si el número de circunvoluciones del neocórtex es igual o superior al del hombre, siendo el volumen del cerebro también superior, encontramos en el delfín un animal que puede haber desarrollado una inteligencia muy desarrollada con respecto a otros mamíferos superiores, pero totalmente adaptada al medio marino, y por lo tanto enfocada a la solución de SUS problemas, esencialmente distintos de los que ha tenido y tiene que solucionar el ser humano.En una palabra, y si nos ven como monitos???.... ahhh si, construimos ciudades, hormigas y abejas, por decir algo, lo hacían, con más perfección, desde antes que apareciera el primer humano, o mono pseudo sapiens.

Qué es la inteligencia.

Pueden darse muchas definiciones de inteligencia, pero personalmente la que creo más acertada es esta: inteligencia es la capacidad de respuesta a un estímulo externo para el que no existe una respuesta preprogramada. Dicho de otra forma: a la necesidad de alimentarse, el sistema de cualquier animal brinda herramientas que se hallan predeterminadas desde el momento de su nacimiento. Un ejemplo es la araña y su tela, proceso que podría parecer simple, entraña un alto grado de inteligencia, debido a la sutileza y complejidad de la estructura creada. Pero no es así; la araña nace con la capacidad perfecta para crear la tela. Si en cualquier momento fuese necesaria otro tipo de creación, la araña se vería completamente incapacitada, es decir, no sería capaz de dar una respuesta adaptativa a un cambio. La araña crea la tela, y no se puede apartar de ese modelo. Por contra, los seres humanos no tenemos ni idea de cómo crear un tejido cuando nacemos, pero somos capaces de desarrollar, en base a nuestras experiencias y necesidades, infinitud de tipos y combinaciones según las necesidades, usando el método del ensayo-error-ensayo. Eso es inteligencia. Por contra, el proceso de creación de la araña se denomina proceso instintivo, incorporado en base a la filigénesis de la especie, que se define como aquel que no requiere ser aprendido por el animal. Otros procesos instintivos pueden ser el volar de los insectos o el simple acto de poner las manos hacia el suelo cuando se pierde el equilibrio. Es un acto reflejo que está incorporado desde el nacimiento en el individuo. Además, el instinto es genético. Con ello se quiere decir que pasa de padres a hijos directamente, y no necesita ser recordado de nuevo, ya que la información necesaria para desarrollar esos instintos se halla en el material genético, el ADN. Sin embargo, los procesos de aprendizaje deben ser aprendidos con cada nueva generación. Un caso puede ser realizar operaciones matemáticas. Nadie nace sabiendo operar con números, y sin embargo aprende con relativa facilidad si se lo enseña. Si no es enseñado, si no se le inculca la técnica necesaria, esa persona no dominará nunca esa capacidad.

Como ejemplo complejo se puede analizar el lenguaje humano. Aunque parezca que los niños hablan por sí mismos, lo hacen en un proceso de aprendizaje que consiste en imitar el habla de los padres. Pero el proceso es mucho más complejo, ya que desde el principio son capaces de crear oraciones que no han escuchado nunca. Puede entonces sospecharse que existe una combinación de instinto y aprendizaje. Los seres humanos naceríamos con la capacidad de crear oraciones complejas y personales siempre y cuando se aprenda a conocer los rudimentos del lenguaje, las sutiles reglas del lenguaje. Existen teorías que van hacia un sentido de aprendizaje puro, mientras que otras se inclinan hacia el instinto. Lo que es evidente, por casos ocurridos y analizados de seres humanos sin contacto con la civilización, es que un niño por sí mismo no es capaz de desarrollar una herramienta de lenguaje verbal si se encuentra apartado de otros seres humanos. Claro que si se encuentra solo tampoco necesita desarrollar ningún sistema de comunicación, por lo que no se puede deducir que un grupo de individuos sin aprendizaje del lenguaje no pudieran de algún modo desarrollar un nuevo lenguaje, aunque fuese básico y tosco. Lo que sí está claro es que todas las lenguas del mundo mantienen similitudes estructurales, es decir, todas se basan en los mismos esquemas aunque cambie el orden de los elementos que las configuran, lo que podría indicar que existe un cierto grado instintivo para el lenguaje en la raza humana. Los antropólogos tienen importantes estudios en marcha para conocer si fue el lenguaje el que propició el desarrollo de la inteligencia, o si fue ésta la que dio lugar al lenguaje. Existen teorías que pueden explicar ambas versiones, aunque parece claro que el pensamiento puede existir sin el concurso del lenguaje. Al menos, cierto tipo de pensamiento.

Así pues, la inteligencia es algo que no puede, no debe delimitarse. Conceptos como “sabe mucha matemática”, por lo que es inteligente, y “trabaja con un arado en un campo”, luego… es poco inteligente, deben ser descartados. Es muy probable que el campesino del arado tenga unos impresionantes conocimientos sobre agricultura, los cuales podrían llenar varios libros. Tampoco se puede definir la inteligencia como un conjunto de tests que indican un C.I. (coeficiente de inteligencia) del individuo, algo muy común en nuestra sociedad en que todo se intenta cuantificar de manera absoluta, ya que un test indica la inteligencia sobre aspectos determinados de la persona, no sobre la persona en sí. Por no hablar del individuo que retiene grandes cantidades de páginas de libros en su memoria es más inteligente que aquel que no retiene más que unas pocas. Si fuese así, podríamos llegar a la conclusión de que los ordenadores son inteligentes, ya que retienen aún mucha más información, la clasifican y organizan. Eso no es inteligencia, ni en un ordenador ni tampoco en un ser humano.

La inteligencia es un proceso de reacción en el que un acontecimiento despierta en el individuo un grado determinado de respuesta. El hecho cíclico en el que el Sol se pone por la noche y sale por la mañana es observado por muchos animales, que rigen sus actividades en gran medida por este ciclo, pero sólo el hombre se pregunta por qué. Sin embargo, el delfín puede no observar ese detalle, pero dispone de procesos de aprendizaje y adaptación que son claramente más evolucionados que los básicos y simples procesos instintivos, además de disfrutar de un elaborado lenguaje de comunicación. Desde ese punto de vista, el delfín puede tener una inteligencia distinta a la del hombre, pero inteligencia al fin y al cabo.

Conclusiones (si son posibles).

La inteligencia es ante todo un concepto amplio y complejo, y su definición parte de los elementos que se desean juzgar. Existen muchas definiciones y posibilidades para catalogar y cuantificar la inteligencia, pero sólo serán válidos en tanto se hallen dentro de los parámetros establecidos para esa definición. Fuera de ellos, no tiene ningún sentido hablar de qué es inteligencia.

Retomando el hilo argumental con el que comenzaba este razonamiento, los gatos, perros y hamsters demuestran niveles de inteligencia más bien bajos. Por supuesto, el perro nos parece más inteligente porque su comportamiento es más similar al nuestro que el del gato o el hamster. Pero ese elemento por sí solo no puede condicionarnos a aceptar que estos animales son más o menos inteligentes. No lo son para resolver complejas ecuaciones, pero sin duda su adaptación al medio ambiente y sus capacidades de supervivencia son mucho más amplias de lo que parece, y muy, pero muy por encima de las del hombre. Por otro lado, el hombre, que con su inteligencia está creando un mundo cada vez más complejo, tecnificado, en el que la competitividad es cada vez mayor y su capacidad para adaptarse al entorno que él mismo crea es menor, no demuestra ser demasiado inteligente. El ser humano se está encerrando en una trampa que él mismo está creando. Se crean necesidades totalmente superfluas, se requieren niveles de vida que no aportan nada al bienestar, se destruye el entorno en el que se vive para obtener un relativo avance que sólo se disfruta a corto plazo, y son esas necesidades de desarrollo las que arrastran a la humanidad a un círculo vicioso en el que cada vez se debería preguntar con mayor urgencia si los beneficios de tal desarrollo superan a las desventajas. Si no se estructura de manera armónica el crecimiento y desarrollo de las sociedades, si se continúa con la destrucción sistemática del medio ambiente, si cada vez con mayor celeridad se requieren más y más elementos para vivir en lo que se llama una sociedad avanzada, podemos incurrir en el error de llegar a un punto en que ningún esfuerzo podrá ser suficiente para cubrir unas necesidades creadas de forma artificial. Un simple vistazo a la publicidad puede dar una idea de lo que digo, sobre todo si se compara el desarrollo de dicha publicidad a lo largo de los últimos años. Simplemente la pregunta “¿realmente lo necesito?” puede demostrar que la mayoría de lo que creemos son necesidades son realmente cosas innecesarias, y acaban en un cajón o en cualquier cuarto olvidado, como mis celulares “fuera de moda”.

Por otro lado, los elementos de destrucción basados en un uso aparentemente inteligente de la ciencia, llevan a la paradoja de que el cerebro y nuestra inteligencia nos permiten autodestruirnos en cuestión de segundos. Y sin necesidad de pensar en guerras nucleares o en armas químicas y bacteriológicas, los constantes conflictos regionales que comportan la muerte de miles de personas son ejemplos repetitivos del uso que hacemos de nuestra inteligencia. Si realmente queremos decir que somos más inteligentes que perros, gatos, y hámsteres, incluso que los delfines, y si esa inteligencia de la que presumimos nos lleva a un círculo de necesidades cada vez más superfluas y a la autodestrucción, creo que somos menos inteligentes de lo que muchos creen, y perros, gatos, hámsteres, y delfines son ejemplos de cómo una inteligencia proporcional y adecuada a las necesidades del entorno pueden dar muchas más satisfacciones de las que nosotros podríamos llegar a soñar."

Voy a darle de comer a mi lobo, aunque creo que en un bosque, el debería alimentarme a mi

Lord Nazgull

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